Sara M. Pérez

miércoles, 29 de febrero de 2012

Escondido en borradores estaba...

El llorar provoca una desconexión neuronal, te aparta de los pensamientos dolorosos que te obsesionan, pura química. Qué mecanismos más asombrosos tienen los humanos que nos protegen y nos ayudan en cada situación… Rememoro aquellos tiempos en los que llorar era mi pasatiempo favorito. Lloraba por nada: por cada instante perdido, por cada suspiro omitido, por cada detalle no visto… y me encantaba el estado de ingravidez en el que te encontrabas después, en el liso limbo de las emociones, único momento en el que pensar con claridad era posible. Evocaba mi infancia, donde estar con mis amigos masculinos era muchísimo más ameno que las Barbie y los saloncitos de maquillaje, donde podía correr y correr sin sentir que estaba haciendo algo raro. Ahora mismo, por ejemplo, estoy en ese estado de ingravidez propio de la conducta que he dicho antes y puedo añorar tranquilamente la espontaneidad con las que siempre me he comportado, sin preocuparme de los demás, ni respetar nada, ni pensar qué estaba haciendo algo… Creo que todo el mundo ama ser un espíritu libre, pero el que lo es, realmente le cuesta muchísimo contener sus impulsos, sus conductas naturales… Su yo más interno.

martes, 28 de febrero de 2012

Ciudad sin sueño

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.
Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan
y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas
al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Llama II

Ardía por ella. Noche y día. Daba igual que hubiera puesto un océano de por medio. De nada importaría la distancia ahora que sabía que estaba viva y que la había reconocido como su compañera. Conner tenía los rasgos de un leopardo, los reflejos, la agresividad y la astucia, la ferocidad y los celos, pero sobre todo el impulso de encontrar a su pareja y mantenerla. El hombre que había en él podía comprender que la ley de la jungla ya no era un modo según el cual su gente pudiera vivir, pero allí en la selva tropical no podía evitar que las necesidades primitivas surgieran con toda su fuerza e intensidad.
Pensaba que el hecho de regresar a su hogar podría ayudarle, pero en lugar de eso, el estado salvaje lo atacaba aferrándolo con los dientes, azotando su cuerpo con una necesidad tan urgente que le entraron ganas de arañar y dar zarpazos, abrir en canal a un enemigo y rugir a los cielos. Deseaba seguir el rastro de Isabeau y reclamarla, lo deseara ella o no. Por desgracia, su compañera también pertenecía a su misma especie y podía convertirse en leopardo, lo cual significaba que compartía con él todos los rasgos feroces, incluida la capacidad de sentir un odio pertinaz y fiero.

Llama

Primero escuchó a los pájaros. A miles de ellos. De todas las variedades, todos cantaban una canción diferente. Para un oído inexperto, el sonido habría resultado ensordecedor, pero para él era música. En lo más profundo de su ser, su leopardo saltó y rugió, agradecido de poder inhalar el olor de la selva tropical. Bajó de la barca y saltó al desvencijado embarcadero con los ojos fijos en el dosel de ramas que se alzaban hacia todas las direcciones, como si se tratara de verdes torres. El corazón le dio un vuelco. Daba igual en qué país se encontrara, la selva tropical era su hogar, cualquier selva tropical; pero era allí donde había nacido, en las tierras salvajes de Panamá. Ya adulto, había decidido establecer su hogar en la selva tropical de Borneo, pero sus raíces seguían allí. Y hasta ese momento, no había sido consciente de cuánto había echado de menos su mundo.
Volvió la cabeza y miró a su alrededor mientras saboreaba los olores y ruidos entremezclados de la jungla. Cada sonido, desde la cacofonía de los pájaros a los chillidos de los monos aulladores o el zumbido de los insectos, contenía una gran cantidad de información si uno sabía cómo interpretarla, y en eso era un experto. Conner Vega flexionó los músculos, un pequeño gesto con el que encogió los hombros, pero su cuerpo se movió, lleno de vida. Cada músculo, cada célula, reaccionó a la selva. Deseó arrancarse la ropa y correr libre y salvaje, tal y como su naturaleza le exigía. Aunque tenía un aspecto civilizado con los tejanos y esa sencilla camisa, no había ni un solo ápice de civilización en su cuerpo.