Ardía por ella. Noche y día. Daba igual que hubiera puesto un océano de por medio. De nada importaría la distancia ahora que sabía que estaba viva y que la había reconocido como su compañera. Conner tenía los rasgos de un leopardo, los reflejos, la agresividad y la astucia, la ferocidad y los celos, pero sobre todo el impulso de encontrar a su pareja y mantenerla. El hombre que había en él podía comprender que la ley de la jungla ya no era un modo según el cual su gente pudiera vivir, pero allí en la selva tropical no podía evitar que las necesidades primitivas surgieran con toda su fuerza e intensidad.
Pensaba que el hecho de regresar a su hogar podría ayudarle, pero en lugar de eso, el estado salvaje lo atacaba aferrándolo con los dientes, azotando su cuerpo con una necesidad tan urgente que le entraron ganas de arañar y dar zarpazos, abrir en canal a un enemigo y rugir a los cielos. Deseaba seguir el rastro de Isabeau y reclamarla, lo deseara ella o no. Por desgracia, su compañera también pertenecía a su misma especie y podía convertirse en leopardo, lo cual significaba que compartía con él todos los rasgos feroces, incluida la capacidad de sentir un odio pertinaz y fiero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario