Primero escuchó a los pájaros. A miles de ellos. De todas las variedades, todos cantaban una canción diferente. Para un oído inexperto, el sonido habría resultado ensordecedor, pero para él era música. En lo más profundo de su ser, su leopardo saltó y rugió, agradecido de poder inhalar el olor de la selva tropical. Bajó de la barca y saltó al desvencijado embarcadero con los ojos fijos en el dosel de ramas que se alzaban hacia todas las direcciones, como si se tratara de verdes torres. El corazón le dio un vuelco. Daba igual en qué país se encontrara, la selva tropical era su hogar, cualquier selva tropical; pero era allí donde había nacido, en las tierras salvajes de Panamá. Ya adulto, había decidido establecer su hogar en la selva tropical de Borneo, pero sus raíces seguían allí. Y hasta ese momento, no había sido consciente de cuánto había echado de menos su mundo.
Volvió la cabeza y miró a su alrededor mientras saboreaba los olores y ruidos entremezclados de la jungla. Cada sonido, desde la cacofonía de los pájaros a los chillidos de los monos aulladores o el zumbido de los insectos, contenía una gran cantidad de información si uno sabía cómo interpretarla, y en eso era un experto. Conner Vega flexionó los músculos, un pequeño gesto con el que encogió los hombros, pero su cuerpo se movió, lleno de vida. Cada músculo, cada célula, reaccionó a la selva. Deseó arrancarse la ropa y correr libre y salvaje, tal y como su naturaleza le exigía. Aunque tenía un aspecto civilizado con los tejanos y esa sencilla camisa, no había ni un solo ápice de civilización en su cuerpo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario