El retorno tardó en llegar. Fueron seis meses desinhibidos.
Los cigarrillos volaban del paquete, uno tras otro morían en mis labios. Se acumulaban en el cenicero.
Sara M. Pérez
sábado, 29 de junio de 2013
In silentium
El silencio es como una caricia, nos coge de la mano, nos presiona la piel, nos agarra del pelo y hecha nuestra cabeza hacia atrás. El silencio nos lame, nunca seremos empalagosos, por eso le gustamos tanto. No nos damos cuenta de que está, no lo llamamos y viene. No lo queremos, lo llenamos de palabras vulgares, lo ultrajamos, lo derrocamos, lo despreciamos, lo estiramos sin cuidado alguno hasta que aparece la tensión, o hasta que comenzamos a marcar algún ritmo con el lápiz. Él siempre nos busca, podríamos asegurar que es la esperanza, o la alegría, o una danza del viento que intenta llamar nuestra atención. Una mirada, una chispa de reconocimiento, ver como sus esfuerzos no son en vano,… son cosas que el silencio no puede ver. ¿Por qué?
Por que la gente no cree en él, no sabe de él. Está ocupada en inflarse, ocupada en medir distancias, en aislarse del ruido o de si mismos, o de la gente. Y el silencio se les mete dentro. Quietud de pensamientos, quietud de emociones, quietud de ser. El silentĭum se propaga como la peste, se escurre por nuestra superficie, se adentra en las grietas, se endurece, hecha raíces y destroza todo ese rumor que nos identifica de los demás.
Oh, sí. Es agradable ver el silencio desde fuera, como en venganza por ser ignorado carcome a los demás y como, si es mimado, nos enseña a saber y a dejar de creer. Todo lo bueno puede llegar a ser una enfermedad; y malo, también es mucho de lo bueno. Miremos con detenimiento, cerremos los ojos, veamos con los sonidos, escuchemos nuetros latidos, sintamos el pulso del viento y los alaridos de los pajarillos; para luego volver a la ciudad, el mundo real.
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