Alzo las manos y toco su cara con los pulgares. Con las yemas de los dedos rozo el contorno de su frente, trazo sus ojos, delineo el perfil de su nariz. Él se mantenía de pie, inmóvil, respirando acompasadamente, con los párpados cerrados, intentando absorber todo lo que pudiese de mi. Sabía que sentía la electricidad en mis dedos mientras acariciaba su piel, la tensión y la paz que me provocaba, la admiración patente en mi aliento contenido.
El pelo caía por su espalda, lleno de mechones trenzados, con cuentas y plumas de pájaros arraigadas en ellos, uniendo le con la tierra, con la naturaleza. Mi mano contrastaba con su piel tostada, el era mi piedra de toque, mi ancla, el lazo que me unía al mundo, a la civilización de la que no quería pero no podía evitar separarme.
El viento nos azotó, el frío impregno nuestra piel, nos hizo contener la respiración y breves escalofríos recorrieron nuestras espaldas.
Madre Naturaleza intentaba jugar, darnos ese levé empujón necesario para que nos diésemos calor. Yo siempre tenía frío a su alrededor, su cuerpo ardía por dentro como las ascuas del fuego.
Le temía, temía aquello que no podía controlar, aquello que desataba en mi emociones indomables. Él era salvaje, su mirada lo era, su postura, sus palabras, ¿su corazón?
Lentamente abrió los ojos, espesas pestañas enmarcaban sus ojos miel oscura, eran profundos. Le miré, me encogí por dentro, me intimidaba, me dejaba prendada, me confundía.
Aparté la mirada acto seguido, parecía haber algo a mi izquierda que llamaba mi atención. Su lengua tomó mi yugular.