Sara M. Pérez

domingo, 10 de mayo de 2015

La oscuridad

Algo reposaba en su interior. Una brisa estática, candente. Vibraba de expectación, como un predator frente a su presa. Pero era suave y confiable a la vez, dulce como el veneno en manos de la tentación. Era puro y pecaminoso, inamovible pero volátil. Era el filo de una navaja, la cresta de una hola, el borde de la cama, el final de una caricia, era la duda, era el peligro inminente, una bomba apunto de estallar. 
Lo sentía removerse dentro de sí, falto de espacio, molesto y calmado, arañando con una garra a la vez las pareces que lo retenían. Se revolvió con un poco más de ansiedad, se desperezó, arrastró sus garras por su interior contento de su mueca de dolor. Sentía miedo de aquella parte oculta que tenía, no sabía exactamente cómo o cuando había aparecido aquel depredador triste y airado. Pero lo había hecho y de lo estaba comiendo vivo.