Sara M. Pérez
sábado, 31 de agosto de 2013
Australia miraba la pantalla de su ordenador. La música tronaba en sus oidos, escapando con bulliciosos golpes de batería de los auriculares. Maldita música sinuosa que se adentraba en lo más profundo de su cuerpo,!cómo la ayudaba a enfilar sus pensamientos en una dirección! Eso, y el pequeño y muy decepcionante hecho de que llevaba una semana sin ocuparse de sus responsabilidades. De ahí las plantas mustias de mentira, lo limpios de objetos que estaban las repisas, armarios y muebles, dado que todo lo que debían esconder estaban esparcido por el piso. Si su madre estuviese ahí ya estaría temblando y preparando su afilada lengua para lanzar una bomba de destrucción masiva en su cabeza.
Su habitáculo parecía un hormiguero. Un hormiguero del tamaño de un salero pero era innegable que se trataba de uno. El caso es que aunque las inhibiciones de Australia se hubiesen desplomado como Pompeya bajo la laba, su mente estaba dotada curiosamente de ferviente actividad. Su estado emocional vegetativo no le impedia tener ese débil temor a electrocutarse con sus propios chispazos bioelectricos. Joder, y que si tenía miedo. Pues claro. Llevaba una semana entera crispandose con el hecho de que no le gustaba lo que hacía. Pensando si tendría algún tipo de transtorno que le impidiese tener inhibiciones normales, de ese tipo de ambiciones que hacen bien a todos. Pero no, su camino giraba entorno al miedo a destacar, a salirse del camino que le habían apisonado, resuelto como las cartillas de escritura Rubio. Quería brillar, sabía que no descansaría en paz hasta tener todas las muelas de oro - no literalmente claro, puaj. Ingenieros, bioquimicos, abogados o artistas. Menudos caminos, así no conseguiría a Veneno, ese precioso Lamborghi en el que queria posar su trasero con orgullo. Ohhhhhhhhhh sí. Quería eso, queria vivir con orgullo de lo que había conseguido.
Tocaron al timbre, mire por el microagujerillo de la puerta !Los testigos de Jehová! Su madre. Se iban a enterar. Cómo osaban
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